Eccediciones
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Simpatía por el diablo

De los títulos construidos sobre el universo de Sandman, el más complejo y rico es Lucifer. No solo por el carisma del protagonista, sino por la complejidad de las tramas, el número de sus personajes y la variedad de sus enfoques narrativos. El principal responsable de su éxito es el guionista británico Mike Carey (Liverpool, 1959), que supo construir una obra personal sin traicionar la herencia de Neil Gaiman. Pero, más allá de estas consideraciones, el interés de Lucifer descansa sobre todo en la humanidad de sus personajes y en la imprevisibilidad de sus argumentos.

Pese a su naturaleza casi omnipotente, las criaturas que pueblan la serie no se comportan como dechados de virtud o monstruos de maldad. En realidad, resulta fácil comprender sus motivaciones porque en su interior acarrean el mismo cortejo de contradicciones, vicios, imperfecciones y miedos que la mayoría de nosotros. En este volumen de Lucifer, por ejemplo, es más sencillo simpatizar con una criatura demoníaca como Thole, el tejedor de cristal, que con la familia del pobre Martin. Y ello en un relato repleto de personajes donde, curiosamente, el protagonista que da título a la serie se mantiene discretamente apartado del primer plano.

Mike Carey ha construido una obra que imita la realidad. Como en la vida misma, hay hechos que al principio son oscuros y luego se aclaran, y hechos insignificantes que luego cobran importancia. Además, el guionista de Liverpool tiende a situar el punto de vista de cada episodio en un personaje distinto. Como resultado de este procedimiento, los sucesos aparecen descolocados respecto a su estricto orden cronológico. Este recurso mantiene en vilo la atención del espectador, que espera impaciente la respuesta a muchas de las incógnitas que Carey siembra por el camino: el verdadero plan de Fenris, el reencuentro entre Lilith y Mazikeen, el destino del Infierno en manos de Christopher Rudd, el destino del universo sin Dios.

Sería injusto, sin embargo, atribuir todo el mérito de la serie a su guionista. Lucifer se benefició casi desde el principio de un sólido equipo artístico que dio a la cabecera una imagen definida. Esta apariencia característica no se debía solo a la destreza de Peter Gross y Ryan Kelly en las páginas interiores, sino a las estupendas portadas del ilustrador Christopher Moeller (y de su sustituto, el legendario dibujante Michael WM. Kaluta). Pero en este volumen recopilatorio, dos autores de excepción se llevan indiscutiblemente todas las miradas: el exquisito Marc Hempel y el espectacular P. Craig Russell (que, en un homenaje a Sandman, firma el quincuagésimo episodio de Lucifer).

Y mientras Fenris hace temblar el árbol del universo, y Mazikeen visita a su madre, y el Infierno cambia de dueño, y Dios sigue ausente en el firmamento, Lucifer avanza inexorable hacia un desenlace en el que Carey pretende encajar todas las piezas y resolver todos los enigmas. Entretanto, el lector puede seguir disfrutando de una historia apasionante enriquecida por la presencia de unos personajes tan extravagantes, tan simpáticos, tan falibles, tan humanos que, como todos nosotros, tienen un pie en el Cielo y otro en el Infierno.

Jorge García

Artículo originalmente publicado en las páginas de Lucifer núm. 5.