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Ronin

En todos los medios se produce un punto de inflexión que eleva la novedad o la monotonía al reino del arte. Algunos ejemplos populares:

En El nacimiento de una nación, de 1915, D.W. Griffith presentó nuevas formas de abordar la fotografía y el montaje que intensificaron el impacto de las películas y que aún se utilizan en la actualidad. En 1972, All in the Family narró los problemas reales de una familia estadounidense media, lo cual hizo crecer a las comedias de situación.

En los cómics, el hito consistió en dos hechos distintos pero relacionados entre sí cuyo común denominador fue Frank Miller.

El año pasado, su Batman: El regreso del Caballero Oscuro redefinió lo que podía ser el cómic de superhéroes. El guionista y dibujante nos condujo al interior del alma de Batman y a la de una decadente Gotham City y nos permitió observar cómo ambas se fundían, momento en que saltaban chispas y afectaban a quienes las rodeaban.

No obstante, tres años antes de que volviera el Caballero Oscuro, el medio recibió un empuje igual de significativo gracias a Ronin, una miniserie de seis entregas donde Miller introdujo la sofisticación gráfica y también las innovadoras técnicas narrativas que harían posible aquella obra maestra sobre Batman. En muchos sentidos, Ronin es más destacable que la aventura gráfica del Hombre Murciélago, ya que introdujo la filosofía y el arte orientales en la historieta estadounidense. Además, supuso un salto personal mucho más grande que cualquiera que hubiera dado el autor.

Frank Miller empezó su carrera dibujando The Twilight Zone para Gold Key Comics. Al pasar a DC Comics, pulió su estilo en las series de terror de la casa antes de marcharse a Marvel Comics. Allí, pasó por un puñado de títulos antes de revitalizar y tomar las riendas de la decadente Daredevil.

Lo que lo distinguió de la mayoría de dibujantes jóvenes que prometen mucho y terminan en nada fue cuánto comprendía el medio. Como casi todos los profesionales actuales, había leído cómics desde la infancia, cuando sus favoritos eran la Legión de Superhéroes y Spiderman. Pero él no se limitó a leerlos. Lo que hizo fue absorberlos, según dice él mismo. Literalmente, estudió las historias y los personajes. Al hacerse mayor, sus intereses se diversificaron. Descubrió la antigua línea de EC, las aventuras del Spirit de Will Eisner y los álbumes franceses. Los absorbió, empezó a dibujar, sintetizó y experimentó.

Cuando entró en el medio como profesional, no era un simple chaval capaz de hacer trucos. No era uno que imitaba al artista de moda o escribía guiones superficiales e ingeniosos. En vez de eso, aportó un sólido sentido del diseño y un gusto por la narración, dos talentos que aumentaron exponencialmente a medida que seguía experimentando. Probó con viñetas finas como un lápiz. Con páginas donde solo se coloreaba al héroe. Con tramas no secuenciales. Con primerísimos planos de ojos y manos para expresar emociones que no se podía plasmar con diálogos ni textos de apoyo. Con trazos gruesos y negros y con espacios que sugerían violencia, fuego, furia, caos... e incluso muerte.

Cuando llegó el momento, Miller recogió sus innovaciones y su conocimiento y regresó a DC. Allí, aplicó todo lo anterior a las ideas que tenía sobre el futuro y el pasado, el heroísmo y el honor, la ciencia y la tecnología y el declive de nuestras ciudades. Y los tejió para dar forma al tapiz magistral que es Ronin. Esta historia se ambienta en Manhattan unos 30 años después del comienzo del siglo XXI, una época en que la nación sufre una depresión asfixiante. Las empresas como Aquarius Complex controlan el ritmo y las aplicaciones del progreso, y las calles están controladas por bandas implacables como los Panthers o los Nazis. Hasta la llegada de Ronin, los héroes son quienes mantienen el statu quo en vez de luchar para cambiarlo.

Los futuros distópicos no son poco habituales en los cómics ni en las novelas y películas de ciencia ficción. Eso sí, lo inusual son los personajes potentes y excéntricos que Miller inyecta en una metrópolis que se viene abajo.

En 1889, Mark Twain puso patas arriba el mundo antiguo enviando a un yanqui moderno de Connecticut a la corte del rey Arturo. Miller da una vuelta de tuerca al tema tomando un futuro impersonal y tecnológico y dejando sueltos a dos enemigos jurados que lo son desde hace 800 años: un demonio multiforme y un ronin, un guerrero samurái que no tiene dueño. Rudas, orgullosas y agresivas, estas reliquias vivientes no se parecen a nada que se haya visto en la civilización durante siglos. La gente reacciona de formas fascinantes, y el impacto que producen en la sociedad es tan extraordinario... como sorprendente.

Más significativo que este choque de voluntades y culturas es que, igual que en El regreso del Caballero Oscuro, el campo de batalla final no es solo la ciudad. El Ronin y el demonio Agat golpean la mente y el cuerpo de un personaje en concreto: Billy Challas. De alma humilde y agradable, Billy es un operario más de una máquina bien engrasada. Lo que le sucede es una de las metamorfosis más fascinantes que hemos visto en la ficción fantástica desde hace mucho tiempo.

Pero por absorbentes que sean los personajes principales, Miller también ha poblado su mundo de secundarios igualmente atractivos, sobre todo Casey McKenna, la jefa de seguridad de Aquarius, cuyo individualismo desafía constantemente su entrenamiento; y también el ordenador Virgo, cuyas impresiones sobre la condición humana son casi tan fascinantes como los increíbles secretos de sus potentes y revolucionarios “biocircuitos”. Incluso los personajes menores son pequeñas maravillas, desde el hippy anciano hasta el prestamista chiflado que construye una nave espacial...

También rompió moldes en la interacción de los personajes, sobre todo entre el Ronin y Agat. El primero no es un mero superhéroe virtuoso que persigue a un malvado supervillano. Su objetivo es vengar la muerte de su maestro a manos del demonio, una que el samurái fue incapaz de impedir. “No pretende vengarse del resto del mundo”, dice Miller. “Simplemente, equilibra la balanza para redimirse a sí mismo.” Esto crea una tensión considerable entre los personajes cuando la lealtad y el sacrificio del héroe se topan con su antítesis, la traición y la autocomplacencia del demonio. Muchos de los vínculos emocionales y rivalidades apasionadas que experimenta Batman en El regreso del Caballero Oscuro tienen su origen en el dolor y la devoción de Ronin.

Miller también desarrolla una historia de amor dramática. O en realidad, dos, ambas relacionadas con Casey McKenna. Su evolución y ramificaciones no son exclusivas de los cómics, pero se combinan para hacer de ella una de las personalidades más humanas que haya visto el medio.

En cuanto a la acción, sí, uno de los logros más destacables de Miller es la forma en que combina unos temas y una narración innovadores con una aventura de cómic tradicional. A uno le recuerda lo poderosos y frescos que llegan a ser los personajes sobrehumanos cuando el entorno es tan evocador como el siglo XXI de Miller, y sus motivaciones son igual de convincentes.

En resumen, el mundo de Ronin no es un viaje por el tiempo monocorde ni un panfleto sobre los miedos o las esperanzas políticas del creador. Aunque la fantasía y los temas cautelares estén presentes, el Manhattan de Miller de alrededores de 2030 es un lugar donde el lector puede experimentar en muchos aspectos. Igual que la mejor ficción distópica (sobre todo Un mundo feliz de Huxley o 1984 de Orwell), Ronin es una sociedad completamente real. Al mismo tiempo, Miller quería que el aspecto de la serie tuviera tantas texturas como los personajes y el argumento. Por novedosos que fueran, los estilos que había empleado anteriormente no le parecían lo bastante evocadores. Así, se sumergió en un estudio de los cómics y el arte japoneses, y descubrió que este último transmitía una identidad, unas “conexiones entre todas las cosas”. A lo largo y ancho de Ronin, el lector hallará una delicadeza de composiciones y líneas, una belleza que recuerda al mundo clásico de los pintores nipones. Incluso en las escenas de combate, utilizó trazos diestros y finos para sugerir movimiento y poder, lo cual convirtió sus siluetas en lo que él llama “líneas de velocidad humana”. Los colores son igual de innovadores y están igual de coordinados. Según el autor, los cómics tradicionales “se colorean para establecer un contraste”. En Ronin, la colorista Lynn Varley orquestó los tonos “para que encajaran cómodamente uno al lado del otro”. Tan vívidos como sutiles, fueron un complemento perfecto para la ambientación de la obra. (Mientras la leáis, dedicad un instante a saborear sobre todo el contraste entre la batalla con los matones del barrio de Leather y las escenas siguientes con Casey y Virgo. La yuxtaposición es una lección de manual sobre el uso de los tonos para establecer un estado de ánimo y transformarlo drásticamente.)

Por último, están los diálogos. Sin esas convenciones sobre textos de apoyo y bocadillos de pensamiento, y reduciendo al mínimo los efectos de sonido, Miller halla una prosa tan austera como su héroe e igualmente potente. Tiene un don para crear a personajes de cómic que no hablan ni declaman sino que conversan; a personas que reaccionan unas a otras de forma realista con una voz única.

Así pues, preparaos para un gozo estético y para una aventura fantástica distinta de todas las que hayáis leído... en forma de novela gráfica o en cualquier otro medio. Como dice la propia Srta. McKenna: “Caballeros, estamos en el siglo XXI. Hay que tener una mente abierta”.

Jeff Rovin

Jeff Rovin es editor y guionista de cómics. Es autor de varios libros sobre personajes de historieta, incluidos The Super-Hero Movie and TV Quizbook, The Encyclopedia of Super-Heroes y The Encyclopedia of Super-Villains. Entre sus otros libros se encuentran TV Babylon, el éxito Winning at Trivial Pursuit y las novelas Starik y Dagger.

Artículo publicado originalmente como introducción de Ronin.