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Príncipes y vikingos

Todo empezó con el Príncipe Vikingo, un héroe clásico de DC aparecido por primera vez en agosto de 1955 en The Brave and the Bold núm. 1. Era un guerrero escandinavo cuyas aventuras (ambientadas en el siglo X d.C.) combinaban ficción y unas gotas de realidad histórica. Casi 50 años después, el editor Steve Wacker sugirió al joven Brian Wood (Vermont, 1972) la posibilidad de modernizar al personaje. Wood era, por entonces, un autor en ciernes. Escritor, ilustrador y diseñador gráfico, había escrito alguno de los títulos más interesantes del panorama independiente de aquel momento, como Demo (dibujado por Becky Cloonan) o Local (con Ryan Kelly). Wood declinó la oferta de modernizar la creación de Kanigher y Kubert, pero —apasionado desde la adolescencia por el mundo de los vikingos— comenzó a darle vueltas a la idea de crear una serie mensual centrada en el auge y la caída de los célebres piratas escandinavos. Así nació Northlanders.

Una vez decidido el tema, solo falta­ba definir el tono y la dirección de la serie. Para ello, fue decisivo el influjo de una obra completamente ajena al mundo vikingo. Se trataba de un serial de películas japonesas dirigido por Kinji Fukasaku titulado Battles without Honor and Humanity o, simplemen­te, The Yakuza Papers (1973-1974). Estos films narraban de forma violenta y descar­nada las luchas entre clanes de yakuzas rivales desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de la década de los sesenta. Con Northlanders, Wood se propuso trasladar al ámbito escandinavo el enfoque con que Fukasaku había retratado la historia de la mafia nipona.

Northlanders nació como una obra coral, sin protagonista fijo. La acción trans­curría durante la expansión escandinava por el norte de Europa (desde el siglo VIII hasta el XI). Para la realización de esta se­rie, Wood cotejó diversas fuentes ponien­do especial atención en el estudio de las “sagas”, esas biografías noveladas que florecieron en Islandia en el siglo XIII. Eran crónicas más o menos veraces de la vida de quienes habían colonizado la isla entre los siglos VIII y X. En la sociedad islandesa no existía un estamento similar a la aristo­cracia europea. Por tanto, la grandeza de una persona se medía por sus actos (que solían tener poco de épico o de maravi­lloso). En este sentido, las sagas carecían casi por completo de los ingredientes fan­tásticos que coloreaban la literatura me­dieval de la época. Sin embargo, conte­nían una dualidad que Wood respetó en Northlanders.

Por regla general, los hechos que fi­guraban en las sagas eran históricamen­te ciertos. Pero sus autores tenían licencia para inventar peripecias e interpolarlas en el transcurso de la narración (¡incluso po­dían tomar prestados personajes de otras sagas!). Brian Wood maneja con soltura la tensión entre elementos ficticios e histó­ricos. Es un hombre de nuestro tiempo y eso se plasma en su obra. En este sentido, Northlanders es algo más que la crónica fiel de la expansión vikinga. Entre otras cosas, porque sus páginas muestran preo­cupaciones actuales. Por ejemplo, un arco argumental como Lindisfarne —enmarcado en el asalto que tuvo lugar en el monasterio homónimo en el año 793 d.C.— adopta un punto de vista muy crítico respecto al maltrato infantil. Las protagonistas de Don­cellas con escudo (historia incluida en este volumen) manifiestan en sus diálogos los fundamentos de un feminismo rudimentario. Y el héroe de El regreso de Sven actúa con la desenvoltura y la ausencia de prejuicios de un ciudadano del mundo globalizado en que vivimos.

Pero, probablemente, el aspecto en que Northlanders más difiere de las sagas es en el tratamiento psicológico de sus pro­tagonistas. Los personajes de las sagas se muestran en sus palabras y en sus actos. Más allá de eso, nada sabemos de sus intenciones, sus dudas o sus sentimientos. Wood, en cambio, recurre al monólogo interior (en primera persona) y a textos de apoyo más neutros (en tercera persona) para manifestar los pensamientos de sus creaciones. Hay un cálculo dramático en este procedimiento. Mediante la abundan­cia de texto, el guionista retrata íntimamen­te a los protagonistas. También avanza en el desarrollo de la acción generando sus­pense mientras anticipa acontecimientos futuros o disemina pistas falsas en el trans­curso de la trama. Una trama, por cierto, que adopta desde el principio la estructura fragmentaria de un rompecabezas.

Brian Wood concibió Northlanders como un fresco histórico que abarcaba toda la era de dominación vikinga en Europa. Contar una epopeya semejante requería de una estrategia narrativa muy ideó una estructura fragmentaria compues­ta por arcos argumentales independientes situados en épocas y escenarios distintos (perfeccionando de este modo la técnica que ya había ensayado a pequeña es­cala en la serie Demo). Cada arco —de concepción y ejecución diversas— estaba protagonizado por un personaje diferente y estaba dibujado por un artista distinto, como el italiano Davide Gianfelice, el es­tadounidense Ryan Kelly, el croata Danijel Zezelj o el argentino Leandro Fernández. El resultado fue una obra desmesurada que abarcó 50 episodios entre febrero de 2008 y abril de 2012, y que, junto a la afamada DMZ, consagró a Wood en el Olimpo actual de la historieta estadouni­dense.

Brian Wood había comenzado su carrera en el mundo de la historieta con la serie limitada Channel Zero (dibujada por Becky Cloonan y publicada por Image en 1997). Esta obra formaba parte de un proyecto de fin de curso para la Parsons School of Design. A continuación, Wood se centró en su trabajo como diseñador de videojuegos para la compañía Rock­star Games. Volvió a los cómics gracias a Warren Ellis, que le ofreció escribir juntos uno de los títulos asociados a la franquicia mutante de Marvel: Generation-X. La expe­riencia fue breve, pero bastó para mante­ner a Wood desde entonces en el negocio de la historieta. Empezó firmando obras de creación propia para sellos indepen­dientes (como The Couriers o Demo). Hoy día, alterna títulos de creación propia (The Massive o Rebels) con guiones para fran­quicias de fantasía heroica (Conan the Bar­barian) o de superhéroes (Moon Knight). Entre su etapa inicial y la final, existe un largo período intermedio marcado por el trabajo en exclusiva para la línea Ver­tigo, especialmente en las series DMZ y Northlanders. Por sus peculiares carac­terísticas, estos dos títulos se convirtieron desde el principio en un laboratorio donde el guionista de Vermont pudo experimentar durante años con las técnicas y los géneros narrativos más diversos.

Aparecida en 2005, DMZ era un thri­ller bélico radicado en un futuro cercano. El escenario eran unos Estados Unidos de­vastados a consecuencia de una guerra ci­vil. Por su fuerte carga crítica (y por figurar varios reporteros en la nómina de protago­nistas), esta obra fue percibida como una réplica progresista a la visión conservado­ra y patriótica impuesta por los noticiarios televisivos de la cadena Fox sobre la mar­cha de la guerra en Irak. Y si DMZ miraba al presente desde el futuro, Northlanders volvía la vista al pasado para mostrar con la debida distancia alguna de las aristas más afiladas del mundo actual. En este sentido, fue una auténtica anomalía en la trayectoria de este guionista, ya que en sus páginas transitó el género histórico por pri­mera y última vez en su carrera.

Más allá de su singularidad, Northlanders es un cómic de aventuras vibrante y entretenido que se lee de un tirón por la fuerza desesperada de sus situaciones, la fiereza salvaje de sus combates y la bár­bara valentía de sus personajes. Con esta obra, Brian Wood levantó una epopeya sobre la historia de los piratas escandina­vos adelantándose cinco años a Vikings, la célebre serie de History Channel. Ante esta muestra del poderío del cómic sobre la televisión, el Príncipe Vikingo habría son­reído orgulloso.

JORGE GARCÍA 

Artículo publicado originalmente en las páginas de Northlanders: La cruz + el martillo  ¡Ya a la venta!