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La historia de un payaso muy poco gracioso

Las amenazas a las que hacía frente Batman al principio de su carrera distaban mucho de la colorista galería de villanos a la que estamos acostumbrados. Uno de los primeros adversarios de estas características fue un psicópata vestido de payaso o, más bien, de comodín de la baraja francesa, que atormentó al Caballero Oscuro y a su pupilo Robin en el célebre Batman núm. 1 (1940). Aunque nunca se ha aclarado del todo quiénes fueron sus creadores, Bob Kane y Bill Finger o Jerry Robinson, sí hay acuerdo en que su aspecto se inspiró tanto en ese comodín como en el actor alemán Conrad Veidt, protagonista del filme El hombre que ríe (Paul Leni, 1928).

Ya en su primera aparición, el malhechor empleaba su popular Veneno del Joker para liquidar a tres ciudadanos de Gotham City, lo cual dejaba patente su condición de asesino, que contrastaba con el modus operandi de villanos más “juguetones” como Catwoman, por poner un solo ejemplo. Esa cualidad tenía tantas posibilidades que, a pesar de lo que estaba previsto, el editor Whitney Ellsworth decidió descartar la idea de matarlo para aprovecharlo en futuras entregas. Y así fue. El Joker se convirtió en un villano recurrente que no desapareció nunca de la vida del Dúo Dinámico aunque durante los años cincuenta sus fechorías se suavizaran considerablemente. No en vano, el Comics Code Authority dejaba poco espacio a los asesinatos, y había que cumplirlo para evitar males mayores. Aquella moderación fue, por ejemplo, la que se plasmó en imagen real a mediados de la década siguiente en la adaptación televisiva, donde lo interpretó el inolvidable Caesar Romero.

Por suerte, los años setenta supusieron un retorno a los orígenes para Batman y también para su némesis. Olvidados ya los tiempos felices inspirados en la cultura pop, había llegado el momento de oscurecer de nuevo al Hombre Murciélago, cosa que hicieron con maestría Dennis O’Neil y Neal Adams. Consciente de las intenciones originales de Kane y Finger, O’Neil tomó las riendas del Joker en 1973 para volverlo a convertir en un asesino psicópata que, además, disfrutaba enormemente midiendo su ingenio con el talento detectivesco del protagonista. Apenas cinco años más tarde, Steve Englehart y Marshall Rogers mantuvieron aquella línea en los clásicos episodios en que el Joker envenenaba las aguas de la Costa Este de Estados Unidos con la insólita intención de pedir derechos de autor por las sonrisas que lucían los peces muertos. La década fue especialmente prolífica para el payaso, que incluso protagonizó una serie propia realizada por el propio O’Neil y otros autores como Irv Novick o Elliot S! Maggin.

El Joker siguió apareciendo regularmente en las aventuras de Batman durante los años siguientes, pero una nueva época de gloria le aguardaba justo después de Crisis en Tierras Infinitas gracias a dos obras capitales. La primera de ellas fue Batman: La broma asesina (1988), un especial de apenas 48 páginas en que Alan Moore exploró a fondo al personaje con la inestimable ayuda de los lápices de Brian Bolland. Ambos convirtieron la enemistad con el Caballero Oscuro en una necesidad mutua y reafirmaron su papel de psicópata con el secuestro del comisario Gordon y el brutal ataque contra su hija Barbara, más conocida como Batgirl, a quien dejó en el suelo de su piso, desangrándose, tras haberle disparado a bocajarro. Como resultado, la joven se pasó varios años postrada en una silla de ruedas, estado del que se ha recuperado muy recientemente. La obra, en general alabada y considerada un clásico incontestable, despertó los recelos de algunos aficionados debido al empeño de Moore en narrar el origen del Joker. Para muchos, uno de los principales atractivos del payaso era que nadie supiera de dónde procedía aquella sed de sangre ni qué había propiciado su locura. En todo caso, el guionista contó que había sido un cómico paupérrimo que, para mantener a su esposa, que estaba embarazada, se había juntado con una banda de malhechores. Ocultó su rostro con una capucha roja y un peculiar atuendo con que cayó a un tanque de productos químicos por culpa del héroe local. Con el rostro desfigurado, enloqueció y se convirtió en lo que es.

La otra gran obra de los años ochenta por lo que al Joker respecta fue Una muerte en la familia (1988). Escrita por Jim Starlin, dibujada por Jim Aparo y publicada en la serie regular Batman, exploraba los orígenes de Jason Todd, el Robin de la época. Todo comenzaba cuando este buscaba a su madre, que trabajaba para el villano. Este se las arregló para tenderle una trampa, darle una soberana paliza con una barra de hierro y volarlo por los aires. Con Todd, ya eran dos los miembros de la Batfamilia que morían o quedaban anulados como superhéroes. Y aunque actualmente haya resucitado gracias a Talia al Ghul, Jason, que ahora luce el paradójico alias de Capucha Roja, nunca ha perdonado a su mentor que no vengara su muerte.

Y mientras la leyenda negra del Joker crecía exponencialmente en el mundo del cómic, su consagración definitiva fuera del medio estaba a punto de llegar. No en vano, era el villano principal de la inminente película Batman (Tim Burton, 1989), donde le dio vida un Jack Nicholson que clavó la parte más histriónica del papel. El rotundo éxito comercial de la cinta aupó al villano a cotas de popularidad altísimas que se mantuvieron durante la década siguiente. A ello contribuyó también una cinta de animación Batman: La máscara del fantasma, donde el personaje quedaba plasmado de una forma casi perfecta, lo cual hay que agradecer a guionistas como Paul Dini, que también fue uno de los responsables de la serie animada de la época en la que, por supuesto, el Joker también estaba presente.

Su protagonismo no decreció en absoluto con el cambio de siglo. Tras volver a amargar la vida del comisario Gordon en Tierra de nadie (1999), DC Comics lo convirtió en el eje de dos eventos editoriales. El primero fue Emperador Joker (2000), limitado a las series de Super- man. La trama se basaba en una premisa como mínimo curiosa: ¿y si el Joker robara a Mr. Mxyzptlk los poderes con que manipulaba la realidad? Mucho más ambiciosa en cuanto a extensión se refiere fue Quien ríe el último. En ella, el villano estaba convencido de que iba a morir por culpa de un tumor cerebral, así que organizó una última trastada: convertir en copias suyas a sus compañeros de prisión. La posterior fuga se extendió por casi todas las colecciones de la editorial y dio origen a situaciones tan insólitas como que el Joker pretendiera dejar embarazada a Harley Quinn. Para entonces, esta muchacha, surgida de la serie animada de la que hablábamos más arriba, ya se había convertido en toda una molestia para el payaso, que se aprovechaba cuanto podía del extraño amor que la antigua psiquiatra sentía por él.

Tan popular llegó a ser Harley que incluso contó con una divertidísima serie propia dibujada por autores tan notables como Terry Dodson o Pete Woods. El nuevo momento de esplendor llegó a partir de 2006 con la llegada de Grant Morrison a la serie central Batman y, posteriormente, a derivadas como la primera Batman y Robin. Tras protagonizar un inusitado episodio escrito en forma de novela ilustrada, el Joker se convirtió en uno de los ejes de Batman: R.I.P., la saga que a punto estuvo de destruir la psique de un Bruce Wayne asediado por el Guante Negro y el Club de Villanos. Aunque ejerciera un papel más discreto que en encontronazos anteriores, la sombra del payaso se dejó ver en todo momento, y se prolongó durante varios meses en la mencionada Batman y Robin.

La llegada del Nuevo Universo DC no alteró significativamente la historia ni la personalidad del Joker, ya que elementos conflictivos como el origen de Moore estaban descartados desde hacía tiempo. El payaso era el villano principal del primer número de la nueva Detective Comics (véase el número 2 de Batman de ECC o el número 1 de la reedición trimestral). Allí, Tony Daniel nos mostraba cómo el Muñequero le arrancaba la cara para que pudiera escapar y desaparecer durante bastante tiempo. Esto se debía a que Scott Snyder y Greg Capullo, los responsables de la serie madre, tenían en mente una saga protagonizada por el Joker para cuando zanjaran la trama del Tribunal de los Búhos.

Así pues, el payaso psicópata no se dejó ver hasta un año después, cuando arrancó con mucha fuerza La muerte de la familia, saga que ha acaparado las últimas entregas de Batman y buena parte de este cómic. Más terrorífico que nunca por su aspecto y sus intenciones, el Joker ha retomado el puesto de archienemigo de Batman con perdón del Tribunal de los Búhos y se ha dejado caer por las demás series de la franquicia. Una de ellas es Batgirl, donde Gail Simone y Ed Benes han aprovechado la ocasión para, por fin, mostrar un encuentro entre Barbara Gordon y el malvado que la dejó parapléjica. Y ahora, en Batman y Robin, llega el momento de que se vea “las caras” con Damian, que le tiene mucha ganas. El pobre no sabe lo que hace.

Fran San Rafael