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El ciclo infinito del Caballero Oscuro

Con el tercer y último tomo de Batman Inc., Grant Morrison alcanza la meta del largo viaje iniciado en 2006. Y lo hace atando cabos sueltos a un ritmo trepidante, aprovechando sus últimas páginas para reincidir en los grandes motivos de su extensa etapa.

Aunque en primera instancia sobresalió la ambición de integrar en un único canon cada interpretación del personaje —ya fuera pop, oscura e hiperviolenta, psicodélica, romántica o aventurera—, pronto cobró importancia la multiplicidad de portadores del símbolo del murciélago como metáfora de la maleabilidad y universalidad del mito: los Manbat ninjas, los tres fantasmas de Batman, el Caballero Oscuro del futuro encarnado por un Damian Wayne adulto, los integrantes del Club de Héroes, el Batman de Zur En Arrh, Batmito, Dick Grayson como heredero del manto del murciélago, Capucha Roja, el Bruce Wayne perdido en el tiempo, o los sosias internacionales patrocinados por Batman Inc. Variaciones del icono y la leyenda destinadas a estudiar cada arista, cada faceta, del poliédrico personaje elevado a la categoría de arquetipo a partir del cual desarrollar versiones alternativas.

Sin embargo, el interés por hacer de los conflictos familiares su tema central parece evidente, habiendo construido las principales ramificaciones argumentales “a partir del trauma básico del asesinato de sus padres, que yace en el corazón de la génesis de Batman”. Como si de un melodrama de proporciones épicas se tratara, el guionista escocés ha tramado una historia sobre padres ausentes, negligentes o impostores, hijos aplicados o rebeldes, referentes inalcanzables, y amores imposibles. Una gran familia disfuncional, “enfrentada y totalmente arruinada”, encabezada por unos patriarcas incapaces de prever que su destructivo enfrentamiento se saldaría con al menos una víctima, cuya existencia se ha visto truncada de forma tan cruel como prematura, invirtiendo el orden natural de los acontecimientos. Pero como bien apunta Morrison, “¿qué hijo puede albergar esperanzas de suceder a un padre como Batman, que jamás morirá?”.

Esta percepción de la familia —del legado, de la herencia, del amor y el odio— cobra una nueva dimensión cuando es puesta en relación con el otro gran leitmotiv del segundo volumen de Batman Inc.: la naturaleza sempiterna del ciclo de vivencias del Hombre Murciélago, condenado a repetirse. Algo que ya se intuía incluso en la primera entrega de Batman escrita por el de Glasgow, cuyo comienzo in media res enlazaba el final de una aventura cualquiera del personaje con el inicio de su mayor epopeya. Desde los albores de la civilización hasta la hipótesis de un Apocalipsis, Morrison ha jugado con diferentes tonos que finalmente han conducido hacia un desenlace arriesgado, que en cierto modo mitiga los cambios más drásticos producidos durante esta etapa para recuperar un statu quo que posibilitará la integración plena del Mejor Detective del Mundo dentro del Nuevo Universo DC. Como señala este fabulador, “lo más extraño de personajes como Batman es que en realidad no pueden cambiar, siempre debemos retomar los elementos de la mitología que han demostrado ser más populares a través de las décadas”. Una premisa que asume gustosamente, por permitirle “contar con un marco sobre el que trabajar para, en el momento en que por fin comprendes las reglas, plantear variaciones interesantes”.

Efectivamente, Morrison ha aportado variaciones más que interesantes, rebasando límites nunca alcanzados por otros autores. Y en la recta final de una etapa que en buena medida ha versado sobre la “recapitulación de las diferentes épocas de Batman”, ha optado por centrarse en la versión contemporánea que vuelve a tender hacia la oscuridad, llegando a la conclusión de que “no es posible aportar luminosidad a Batman, porque de algún modo es la parte de nosotros mismos que debe lidiar con los aspectos más oscuros de nuestro ser. De ahí que se vea constantemente enzarzado en enfrentamientos más y más desalentadores contra nuestros miedos existenciales”.

En uno de sus poemarios, Houellebecq afirmaba que “toda gran pasión acaba conduciendo a una zona de verdad. A un espacio diferente, doloroso en extremo, pero en el que la vista alcanza lejos, y con claridad. En donde los objetos, purificados, aparecen con toda su nitidez, en su límpida verdad”. Durante siete años, el guionista escocés se ha metido en la piel de uno de los personajes más icónicos de la cultura popular, sometiéndose a un proceso un tanto depresivo —“cuando pasas un tiempo pensando como Batman, el mundo puede llegar a parecer realmente oscuro”—, pero abordado con la pasión de quien ama a un personaje y se sabe ante una de sus obras más logradas; un trabajo que califica de “intelectual” por su relación con “puzles y trucos narrativos extraños e inusuales, que espero que sigan dando que hablar a los lectores”. Una odisea autoral con la que ha conseguido deconstruir y reconstruir al Hombre Murciélago, sometiéndolo a los rigores más severos con el objetivo de destilar su esencia y conducirnos hacia ese espacio, hacia esa zona de verdad, desde donde poder apreciar con toda claridad el encanto y la riqueza de esta criatura de ficción.

El tiempo dirá si el inimitable autor ha dicho su última palabra sobre Batman, o si volverá a transitar las calles de Gotham City; tal vez dando la razón a Bruce Wayne y Alfred Pennyworth, cuando afirmaban aquello de “Lo que se va, siempre termina por volver” (Batman Inc. núm. 1). Pero independientemente de lo que suceda en el futuro, si algo nos ha quedado claro tras esta sucesión de originales, divertidas y —también— dramáticas aventuras es que “Batman siempre regresa, más grande y mejor, nuevo y reluciente. Batman nunca muere. Nunca termina. Seguramente nunca lo hará”. Una inmortalidad virtual que, sin duda, también ha alcanzado esta brillante etapa del ciclo infinito del Caballero Oscuro.

David Fernández

Artículo publicado originalmente en las páginas de Batman Inc. núm. 3. En este enlace podéis consultar una guia de lectura sobre la etapa de Grant Morrison al frente de Batman.