Eccediciones
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Caza de brujas

La admiración confesa de Darwyn Cooke por la obra de Moore y Gibbons es ya indudable en este penúltimo episodio de Antes de Watchmen: Minutemen. No solo por los detalles acumulados de números anteriores, como la banda honorífica marcada por el lema "con gratitud" sobre el Búho Nocturno original que ocupaba la primera portada (lema repetido con aterradora simetría en la estatuilla del propio Hollis Manson que, centrando la portada del núm. 8 de Watchmen, acabará por sellar el fin de sus días), sino por la brillantez a la hora de plantear una historia con múltiples capas, referencias casi inagotables y mecanismos visuales tan similares a los que utilizaban en su día los autores británicos.

Al fin y al cabo, quizá esta sea, por su planteamiento y su resultado, la más fiel de todas las precuelas y a la vez, por su milimétrica meticulosidad, la más difícil de desechar como un simple spin-off oportunista. No en vano llegó a ser un proyecto de los mismos autores del original, años atrás. Ahora Cooke cuenta el pasado de los personajes con inusitada fidelidad a los retazos que se dejaban entrever en Watchmen y a la vez con la maestría de un narrador tan distinto como consumado.

En este quinto capítulo, sin embargo, hay dos cosas que llaman especialmente la atención y lo diferencian de los anteriores lo suficiente para que merezca la pena profundizar en ellas: en primer lugar, la decadencia y disolución final de los Minutemen, motivada principalmente por su sorprendente vista ante el Comité de Actividades Antiamericanas en los años de la “Caza de Brujas”; y en segundo lugar, la ficción dentro de la ficción, el juego metaliterario de introducir en la trama a dos personajes presuntamente ficticios, el Oficial y el Explorador. Ambos vivirán una aventura conjunta con los últimos de los Minutemen... zanjada con un desenlace aterrador, en el que cualquier atisbo de idealismo o fantasía que pudiera haber generado la situación se da de bruces contra la cruda realidad de los Estados Unidos de la década de los cincuenta.

En cuanto a lo primero, es de conocimiento público que aquellos años, los que vieron nacer la “Edad de Plata”, no fueron especialmente apacibles para la industria del cómic estadounidense. La sociedad vivía inmersa en el hostigamiento anticomunista propiciado por políticos como el senador Joseph McCarthy (tristemente famoso desde que en 1950 acusó a varios miembros del Departamento de Estado, presidente de la Subcomisión Per- manente de Investigaciones del Senado y mano en la sombra del infame “Comité”). Y esa paranoia obtuvo su reflejo en la figura del doctor Fredric Wertham, autor del libro La seducción del inocente (1954), que permitió liquidar los cómics de la editorial de terror EC y desencadenó una nueva era marcada por el Comics Code Authority, un sistema de autocensura vigente hasta hace muy poco y duramente criticado por miembros de la industria tan reputados como Peter David. El ambiente opresivo de aquella década se vio reflejado en el quinto capítulo de Bajo la capucha, el libro ficticio que Mason firmaba contando las interioridades de los Minutemen. Para alguien que reconocía sin tapujos haber inspirado su identidad de Búho Nocturno en héroes pulp como Doc Savage o la Sombra, y se confesaba fascinado por la figura de Superman en su debut en el primer número de Action Comics (junio de 1938), el mazazo de verse sometido a la Caza de Brujas y acusado como sospechoso de traicionar a su propio país, además de obligado a revelar su identidad secreta, supuso un golpe demoledor. “En la era McCarthy, nadie albergaba ni la menor duda sobre el posicionamiento político del Comediante”, afirma Mason en sus memorias. “Eso era más de lo que podríamos decir sobre el resto de nosotros. Todos tuvimos que testificar ante el Comité de Actividades Antiamericanas, y nos vimos obligados a revelar nuestras verdaderas identidades a uno de sus representantes.” Precisamente DC ha abordado el tema también con la JSA, en los núms. 68-72 de la serie escrita por Geoff Johns que ahora se está recopilando en tomos y en la que podremos ser testigos de la desbandada del grupo relacionada con la misma situación... Si bien la Sociedad de la Justicia se vio enfrentada a una coyuntura idéntica, la de tener que confesar quiénes eran como civiles frente al Comité, se disolvió porque sus miembros se negaban a hacerlo. En cualquier caso, no dejan de ser curiosos los paralelismos entre Minutemen/Watchmen y JSA/JLA.

La surrealista aparición del Oficial y el Explorador en el cuartel general de los Minutemen y su “aventura” junto a ellos constituyen el otro plato fuerte de este número. Ya habíamos visto un anuncio con ambos héroes en el episodio anterior (concretamente en la segunda viñeta de la página 7, en un poste telefónico desde el que llamaba el propio Hollis), pero aquí vemos incluso algún fragmento de ese cómic de tintes xenófobos. Algo que, sumado a la vergonzante existencia de campos de concentración para asiáticos dentro de las fronteras de los EE.UU., añade una fuerza impresionante al desenlace y al descubrimiento de quiénes se hallan en realidad bajo esas dos “capuchas”. Si bien Grant Morrison jugó con parámetros similares en Animal Man y Los Invisibles, Cooke tiene aquí la pericia de hacerlo adaptándolos al contexto verosímil del mundo de Watchmen en un giro sorprendente. No debemos dejar de recordar que estamos en un contexto previo a la aparición del Dr. Manhattan, sin metahumanos, y que “la vida real es confusa, inconsistente, y en raras ocasiones llega a resolver algo en concreto”.

Las reticencias iniciales de Cooke para ocuparse de este título, y el hecho de que aceptara únicamente años después y cuando consideraba haber dado con una idea digna, no son solo actitudes que le honran, sino que parecen plenamente justificadas por la calidad de esta serie limitada. Y hacen aguardar todavía con mayores expectativas el próximo número, que pondrá punto final al relato del primer grupo de superhéroes del universo Watchmen.

Felip Tobar