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Astro City: Vida en la gran ciudad

ME ENCANTAN LOS SUPERHÉROES.

No creo que extrañe a quienes me conocen, porque llevo más de una década viviendo de escribir cómics y leyéndolos incluso desde hace más tiempo. Y aunque no sean lo único que haya escrito (y leído), no tendría sentido negar que lo paso de fábula con los tipos de las máscaras y las capas, y que no tengo intención de renunciar a ellos en breve.
Por desgracia, al menos desde mi punto de vista, muchos de quienes me rodean (amigos, familia, otros autores y un locuaz número de lectores) no los tienen en tan alta estima. Dicen que hay demasiados, que están asfixiando los expositores y las estanterías de las librerías del gremio, que son el motivo por el que la mayor parte de los estadounidenses desdeñan las historietas. Parte de lo anterior es discutible. Desde luego, me gustaría que hubiera más diversidad en los expositores. Pero cuando veo a superhéroes como Batman, Superman, Spiderman, los X-Men, las Tortugas Ninja, los Power Rangers, The Crow, The Tick y demás en el cine, la televisión, los dibujos animados, los libros o las jugueterías, me pregunto si son los enmascarados los que hacen que los no lectores critiquen las historietas. No obstante, lo que quiero abordar aquí es una queja en concreto contra los superhéroes.

Dicha queja, que no deja de fascinarme, es que los superhéroes tienen limitaciones. Que son juveniles por naturaleza. Que son simples. Que son una mera fantasía de poder para adolescentes varones, una representación criptofascista de los valores del statu quo aplicados a cosas extrañas o alienígenas.

Y sí, claro, lo comprendo. Superman es la adolescencia personificada. Clark Kent, el muchacho débil a quien nadie se toma en serio, se convierte tan deprisa como tartamudea un adolescente en Superman, un hombre poderoso, respetado y sexualmente atractivo aunque se ponga nervioso en presencia de las mujeres. Y después, vuelve a ser el tímido Clark. Spiderman representa la adolescencia desde otra perspectiva. Es el muchacho que se hace adulto a trompicones, el que comete errores de consecuencias desastrosas y hace lo posible para enmendarlos mientras aprende a ser un hombre responsable en una sociedad adulta. El Capitán América es el ideal que Estados Unidos tenía de su imagen en 1941. Es el chico mayor del patio de recreo mundial, el que obliga a los demás a ser buenos aunque tenga que ser de malas maneras. Sí, lo entiendo completamente.

Sin embargo, y ya sabías que habría un “sin embargo”, lo que me fascina de la objeción a los superhéroes es la forma en que señala, en forma de crítica, lo que para mí es el principal punto fuerte del género: la facilidad con que estos personajes pueden utilizarse como metáfora, como símbolo de la transformación psicológica de la adolescencia, como imagen propia de una nación o como otra cosa. ¿Y eso es una limitación?

Para mí, no.

Si los superhéroes son una metáfora tan potente y efectiva de la adolescencia masculina, ¿qué otra cosa se puede hacer con ellos? ¿Se podría construir un relato del género en torno a una metáfora de la adolescencia femenina? ¿De la crisis de los 40?* ¿De los cambios que experimentan los adultos cuando son padres? Claro, ¿por qué no? Y si un superhéroe puede ejemplificar la imagen de Estados Unidos al principio de la Segunda Guerra Mundial, ¿también puede ejemplificar aquella menos confiada de los años setenta?** ¿Y qué tal la identidad nacional emergente de un país africano que acaba de independizarse? O a una cultura no nacional, como la de la droga, o la empresarial y avariciosa de los alegres años ochenta. Por supuesto. Si se puede hacer una, se pueden hacer todas.

Podría continuar, pero te lo voy a ahorrar. El caso es que, al intentar describir lo limitados que son los superhéroes, uno termina preguntándose “qué no pueden hacer”. Las posibilidades del género son infinitas, y el terreno es rico y atractivo.

Estas cosas son las que me pasaban por la cabeza cuando empezaba a trabajar en Astro City. El género superheroico se ha limitado históricamente a las aventuras emocionantes, a relatos de acción que se pueden vender fácilmente a muchachos adolescentes o más jóvenes. Pero se trata de una limitación autoimpuesta marcada por el mercado, no creativa, y yo quería explorar el resto del género para rendir un homenaje al poder que tiene de hacer realidad las ideas. Siempre me ha fascinado la cuestión de qué más ocurre en los mundos donde viven los superhéroes, cómo es la vida del tipo que señala el cielo y exclama: “¡Mirad! ¡Arriba, en el cielo!”; qué pósteres de famosos tienen las chicas de 13 años en el mundo de la Antorcha Humana; cómo es ser un abogado que entra en el juzgado y argumenta que su cliente no es culpable de homicidio porque el verdadero asesino era su gemelo malvado (y preparar los antecedentes de dicho evento). Me parecía la oportunidad perfecta de hacer las dos cosas: vagar por los caminos principales de un mundo superheroico y comprobar qué historias han esperado desde la sombra a que las contaran, de qué hilos se puede tirar, qué vamos a averiguar si paramos de atender al canto de sirena del Qué Pasará Después y empezamos a preguntarnos Qué Más Hay. Las historias de Qué Pasará Después me parecen bien, y resulta que tengo muchas ideas al respecto, pero ninguna en que pueda hablar de un testigo inocente de una bronca entre un héroe y un villano, seguirlo o seguirla a casa y comprobar qué merece la pena examinar de su vida privada. ¿Qué tiene en común con nuestras propias vivencias? ¿A qué rincones polvorientos y llenos de telarañas podemos dar luz?

Lo que no quería escribir era un relato superheroico “realista”, y resulta extraño que esto se haya convertido en la descripción breve de Astro City (y antes, de Marvels) que he oído una y otra vez. Cómo serían los superhéroes en el mundo real. Pero no, no es eso.

En Astro City, hay trols que viven bajo tierra. Hay viajeros del tiempo que tejen un futuro nuevo. Hay tecnología fantástica, criaturas místicas, contactos alienígenas y seres poderosos, violentos y destructivos a manos llenas. Y en la historia de la ciudad, llevan décadas ahí sin que el mundo se haya convertido en algo irreconocible desde nuestro punto de vista. El teléfono y el avión han transformado nuestro mundo, pero los superhéroes y los hechiceros no han tenido un efecto ni mucho menos tan trascendente en el mundo de Astro City. Y me gusta que así sea. Hacer realista un mundo superheroico (convertirlo en una realidad alternativa lógica y hermética donde las piezas encajan y funcionan) me parece menos propio de este género que de una rama de la ciencia ficción que extrae relatos sobre cosas que cambian la vida y las extrapola para explorar las ramificaciones de una transformación de la tecnología, la historia, la política o cualquier otro aspecto del mundo. Esos relatos se plantean en qué sería distinto el mundo. Y aunque sea una forma de ficción perfectamente válida, a mí no me interesa.

Para mí, uno de los elementos más fascinantes de un relato superheroico radica en el hecho de que el mundo en que ocurre es el nuestro. Esas cosas fantásticas, violentas y cósmicas suceden en lo que serían los cielos que tenemos encima de la cabeza. Y sí, el relato debería transformar el mundo en algo irreconocible, pero no lo hace más que la presencia de magos de la corte o de diversas razas humanoides alienígenas que sufren los mismos cambios de entorno, política o comercio que un mundo de cuento de hadas. Sí, me gusta lo absurdo, la gloria nada realista de considerarlo un sitio para dioses, alienígenas, superciencia, gorilas parlantes y personas normales como tú o yo que abordan una metáfora desbocada y no apechugan con el efecto lógico sino con el emocional. No se trata de qué pasaría si los superhéroes existieran en nuestro mundo sino de qué pasaría si nosotros recorriéramos el suyo. Y dicho mundo no será realista, pero sí será fascinante.

Otra razón por la que me alegro de que el mundo de Astro City no sea realista es que, en mi opinión, ya va siendo hora. Durante la última década, empezando por la época de las brillantes Watchmen y El regreso del Caballero Oscuro, el recurso principal de los autores de superhéroes “serios” ha sido la deconstrucción. Han diseccionado, analizado y ridiculizado a estos personajes, han sacado a la luz sus partes irracionales para mostrarlos como una máquina de Rube Goldberg irresoluble. No en vano, es casi imposible presentar a un superhéroe que hace lo que hace sin que sea emocionalmente inestable e incapaz de lidiar con la realidad sin “exagerar” sus psicosis y obsesiones. Pero me asombra que la única razón real para desmontar un reloj de pulsera o un motor de coche sea averiguar cómo funciona aparte de por el puro placer de hacerlo pedazos. Y comprenderlo para poder volver a montarlo mejor que antes o crear uno nuevo que sea superior al modelo antiguo.

Llevamos 10 años o más desmontando a los superhéroes. Ya va siendo hora de volverlo a montar y de darle cuerda, de sacarlo a la carretera y probarlo a ver qué hace. Esa perspectiva es la que me entusiasma y me da ganas de contar mis historias a quien esté dispuesto a escucharlas. ¿Adónde vamos a partir de aquí? ¿Qué hallaremos ahí fuera? Va, vamos por ahí. No vemos más que siluetas a oscuras, pero parecen interesantes, ¿verdad?

He tenido muchísima suerte con todo esto. He tenido la suerte de haber escrito Marvels en el momento apropiado, y me gané un público y una reputación que me permiten lanzar Astro City. La suerte de haber trabajado con Alex Ross, cuya devoción por los arquetipos y el poder de las emociones dio pie a Marvels, y cuya destreza consumada atrajo en masa a los lectores. Es él quien aporta ese mismo compromiso, y esa misma destreza, a los dibujos de las portadas de la serie. También he tenido la suerte de trabajar con Brent Anderson, que sabe dibujar lo que le eche y está dispuesto a hacer lo que sea para que la historia cobre vida en cada página. Y la suerte de que ni Brent ni Alex se conformen con “trabajar”. Han aportado ideas, han dado forma a personajes y escenarios, han discutido conmigo para que no me equivoque, han insistido en su visión y se han comprometido a que Astro City sea una realidad. Sin ellos, tendría una serie, pero no sería tan buena ni mucho menos. Lo mismo puede decirse de Richard Starkings y John Gaushell de Comicraft, cuyo don para el diseño y cuya experiencia técnica han convertido Astro City en un paquete limpio y nítido. También de Steve Buccellato y Electric Crayon, que dieron vida, tono y potencia a las historias con su color. Y de Image Comics, que nos da ocasión de narrar los mejores relatos posibles y nos ayuda a llegar al público sin ejercer ningún control creativo.

En los cómics que vienen a continuación, no salen gorilas parlantes (prometo que ya llegarán). Pero al revisarlas, me parece que hicimos lo que nos proponíamos: contar historias que queríamos narrar con las máximas honestidad y destreza que teníamos a nuestro alcance para dejarlas volar o desplomarse. Y al parecer, por lo general, han volado.

Bienvenido a Astro City. Visites este lugar por primera vez o seas residente habitual, espero que disfrutes recorriendo sus calles y sus vistas tanto como nosotros.

Kurt Busiek
Mayo de 1996

*De hecho, ya está hecho. Hazte un favor y busca un ejemplar de Superfolks, de Robert N. Mayer (Dial Press, 1997), una novela que usa de forma brillante los símbolos superheroicos para narrar un relato descacharrante y emotivo sobre un hombre que afronta la mediana edad. Está descatalogada desde hace tiempo, pero merece la pena tomarse la molestia de buscarla.

**Los Kinks usan al Capitán América para eso en su canción Catch me Now I’m Falling del álbum Low Budget.

Artículo publicado originalmente como introducción de Astro City: Vida en la gran ciudad.